Un viaje a Londres
La excursión a Londres organizada por el Ateneo Jovellanos de Gijón, ha demostrado y puesto en valor la milimétrica organización que da la veteranía en esta materia de viajes colectivos y culturales. Del día 2 al día 7 de este mes de Noviembre, Londres nos acogió con clima exacto al de Gijón en los mismos días: lluvia, ambiente gris y ya algo frío. Yo he podido extraer del viaje lo que es, así por encima de los tópicos al uso, la realidad de una ciudad que ha vuelto a estar a la cabeza de las europeas en materia de integración racial, respeto por la tradición, modernidad y diversidad de actividades comerciales y financieras.
Será la circulación por la izquierda lo que facilita que el tráfico urbano no sea un caos, pero Londres es, en materia de circulación, una ciudad de siete millones y medio de habitantes que discurre con orden, tranquilidad y puntualidad aseguradas. Imposible ver a dos desquiciados conductores que han perdido los nervios por una mala maniobra de cualquiera de ellos y llegan a las manos después de sobrepasar todas las normas de la buena educación y el buen gusto, como sucede aquí. Los taxis dan ejemplo de saber estar al servicio del pasajero y los transportes públicos son puntuales, limpios y abundantes. Debe ser que tantos siglos de democracia han dejado impresa en la conducta cívica del londinense, unas maneras que le hacen ser ciudadano sin más alardes ni matices políticos. Y digo del londinense y no del inglés, porque la mayoría de los conductores de los taxis y de los autobuses no son ingleses sino de cualquiera parte del mundo. En realidad se ven pocos ingleses por las calles de Londres, aún en los destritos más distinguidos, y los numerosos hindúes, los abundantes nativos de África o de cualquier país europeo, se comportan como si la flema inglesa los ganase nada más poner los pies en la gran ciudad.
En el Museo Británico se ve el amor inglés a sus raíces romanas, de las que ellos hacen tanto alarde. Es un éxito la cúpula de Foster, que amplió la superficie útil del Museo haciéndolo acogedor y luminoso. Un amplio y detallado muestrario de las culturas griegas y latinas, siempre con sus títulos y explicaciones en inglés, que para eso es la lengua que todos los chavales del mundo estudian, van demostrando la amplia afición que los ingleses tenían, ya en sus años de hegemonía mundial, por la Historia y por las antigüedades arqueológicas.
En la Cripta de la Catedral de San Pablo se puede ver el ejemplo máximo del amor, del recuerdo y del respeto de un pueblo por sus antepasados ilustres, distinguidos y mejores. Me maravillaba del “silencioso silencio” de las gentes que visitábamos la Cripta: hindúes de turbante, africanos de elevada estatura, australianos de tez rosada y cabellos quemados por el sol, etc. etc. viendo cómo eran honrados los personajes que, en muchos casos, habían machacado a sus pueblos en el siglo y medio de hegemonía inglesa, después de la batalla de Trafalgar (1805 – 1948) que tanto ellos honran. Claro que yo no sé lo que los visitadores de la Cripta de San Pablo pensaban, pero a mí aquello me olía a cuerno quemado.
Y
siempre la exhibición de su gloria pasada, en la Torre de Londres, en el Parlamento, en la Catedral de San Pablo, en el Museo de la Marina, pero sobre todo en Windsord, ejemplo claro de cómo en la época dorada de la Reina Victoria era inmensa la distancia de la realeza inglesa con el pueblo, tal vez mayor que la de ningún reino europeo del momento, y el pueblo, los ya entonces ciudadanos, pero menos, ingleses, se vaciaban dispersos por todos los lugares colonizados en perfecta armonía con la Corona. Gracias a ellos la Trade Unions tenía los mayores jornales y ventajas sociales del momento y no decían ni pío.
Portobello, al parecer, ya no es lo que era. Esa tradición de hacer de una calle de Londres un mercado de antigüedades auténticas todos los domingos, es difícil de mantener y yo creo que ahora todo aquello no es más que un gran mercado de falsificaciones y “souvenirs”. Como si todo fuesen restos con defectos de Harrows, saldados en plena calle. 
Decía un personaje inglés del que no recuerdo su nombre, que él no se explicaba cómo un pueblo que no había sido capaz de inventar ni hacer una buena sopa, había sido, sin embargo, el amo durante dos siglos. Y yo tengo que decir que ahora en Londres, en cualquier restaurante de cualquier hotel, se puede comer unas exquisitas sopas, servidas, casi siempre, por gente de color o por camareros portugueses, españoles o italianos. Tal vez esto es así, precisamente, porque los ingleses ya no son los amos, pero siguen mandando mucho, y me preguntaba si no sería porque viendo lo que ocurría aquellos días en la rebasada y desconcertada Francia, los ingleses, siempre prácticos y políticos, habían conseguido, por fin, hacer buenas salsas.
He podido comprobar que no es verdad que en Harrows puedes encontrar hasta un elefante rosado, si lo quieres comprar. Yo quería comprar una sencilla panera de mimbre pakistaní, que dicen finísimo, para llenarla de bombones ingleses para un regalo y no fue posible, aún cuando un atento dependiente, con rasgos hindúes, nacido en Kenia, de familia de Macao, con uno de sus apellidos portugués, y lo repetía, recorrió conmigo todas las plantas del edificio, ya iluminado para las próximas fechas navideñas, sin encontrar la dichosa panera, que encontré en Gijón, no de mimbre pakistaní, pero muy aparente, en la cestería de la calle de San Bernardo. Ya pasaron los tiempos en donde ir a Harrows era, para los compradores compulsivos, alcanzar la gloria. Todos los días esa gloria la hay, en cualquier lugar de España, en el Corte Inglés de turno…