Marzo 2008: Roma-Florencia por Luis Díez Tejón

El pasado 28 de marzo, 53 ateneístas viajaron a Roma y Florencia acompañados del escritor y crítico, licenciado en Arte, Luis Diez Tejón.

VIAJE CULTURAL DEL ATENEO JOVELLANOS

A Roma habría que ir siempre que el corazón lo pida, que es muy a menudo, y dejar luego que el aire que emana de su espíritu impregne nuestro cuerpo a su antojo, que en definitiva es lo que ha venido haciendo durante más de dos mil años. Es lo que ha hecho el Ateneo Jovellanos, que por algo es una institución eminentemente cultural y tiene en el afán de conocimiento una de sus más sólidas raíces. En Roma, más que en ningún otro sitio, es necesario saber por dónde empezar y por dónde seguir para no verse cegado por su apabullante carga histórica. Y así, se dedicó el primer día al origen, a la Roma clásica, allí donde empezó la aventura de esta ciudad que pasó de ser un grupo de cabañas junto al Tíber a forjar un imperio material y espiritual del que todos somos deudores. Los Foros republicanos e imperiales, el Coliseo, el Capitolio, el Panteón, la vía Apia, todo fue objeto de interés y atentas explicaciones. Luego, la Roma paleocristiana y medieval, la de las catacumbas y las cuatro basílicas mayores, la de Santa María in Trastévere y Santa María in Cosmedin, la de los barrios de intrincadas callejuelas, la del encanto permanente. Y después, la Roma renacentista y barroca, la gran Roma papal: el Vaticano, San Pietro in Vincolis y su Moisés, las grandes obras de Bernini y Borromini, Trevi y plaza de España, Campo dei Fiori y plaza Navona, palacios, galerías y museos. El luminoso sol mediterráneo colaboró en todo momento con los visitantes en sus recorridos por la ciudad.
Una visita a Tívoli supone siempre un paréntesis para tomarse un respiro que permita digerir tanto patrimonio monumental. Tívoli es un capricho de un cardenal renacentista, que diseñó allí todo un repertorio de fantasías. Pasear por sus jardines, recorrer el paseo de las Cien Fuentes o acercarse a las fuentes del Órgano o el Ovato, es realizar un ejercicio de continuas sugerencias, y así lo vivieron los ateneístas.


Camino de la Toscana, Lazio y Umbría adelante, no se ha querido pasar la ocasión de visitar San Gimignano, el pueblo de las torres, allí donde el tópico del tiempo detenido alcanza su condición de realidad. Y luego, claro está, Florencia. Podrá el viajero volver a Florencia una y mil veces y siempre la encontrará distinta, a pesar de que poco puede cambiar en esta ciudad que ha hecho del espíritu renacentista su razón de ser. Desde la plaza de Miguel Ángel se tiene constancia de todo esto. Ahí está la eterna silueta del Duomo, con la cúpula de Brunelleschi, más rojiza aún al sol de la tarde, y el Baptisterio y sus puertas del Paraíso, y la mágica torre del Giotto. Hay que visitar todo esto y las iglesias de Santa María Novella y sus claustros, Santa Croce y sus tumbas, San Lorenzo y su capilla medicea, donde Miguel Ángel dejó una de las mayores muestras de su genio, la Academia, de nuevo Miguel Ángel con su David y sus esclavos, y, por supuesto, la plaza de la Signoria, los mercados y el puente Vecchio. Todo lo han visto y sentido los viajeros del Ateneo, fiel una vez más a su compromiso con la divulgación de la cultura.

LUIS DÍEZ TEJÓN