Siria y Jordania. Marzo 2005

Viaje realizado el 16 de Marzo de 2005

Por INÉS FERNÁNDEZ HURLE
Directora del periódico de arte "La Brocha"

foto de grupoUn viaje largo tiempo deseado, pero siempre en proyecto. De pronto se convirtió en realidad, cuando el Ateneo Jovellanos nos hizo la propuesta del mismo a sus socios: "SIRIA Y JORDANIA". El apuntarse y procurar evitar cualquier tipo de inconveniente que pudiese surgir, lo hizo posible y allá nos fuimos el 16 de Marzo.

Nuestro primer destino en vuelo directo desde el aeropuerto de Asturias; Damasco. El choque de nuestra visita con la realidad fue profundo. La ciudad tiene sus joyas para enseñar, pero ella en sí, es un pueblo grande extendido, polvoriento, gris y sin ningún atractivo, pues sus casa grises y con aspecto de inacabadas, defraudan un poco a la imaginación. Pero hablemos de sus bellezas y atractivos: La gran Mezquita Omeya, con sus cúpulas y patios, la Capilla de San Ananías cargada de historia, los restos de la época romana, el zoco de Al- Hamidiyya bullicioso y multicolor, el Palacio de Azem, espléndido y bien conservado, el Mausoleo de Saladito, el Museo Arqueológico, magnífico, etc.…

Nos dirigimos a Alepo y antes visitamos el Crac de los Caballeros, un Castillo de la época de las Cruzadas en el que mazmorras, caballerizas, almacenes, estancias nobles, etc.… nos hablan de 3.000 hombres que dentro de su recinto vivieron y lucharon. Dicen que es el Castillo más bello del mundo, puede que sí.

La ciudadela de Alepo majestuosa, rotunda, enorme con su sinagoga sin uso, sus patios, calles, tiendas, el reconstruido teatro, sobrecogen por su grandeza y nos hablan de tiempos remotos cargados de historias que se han ido sucediendo en los tiempos.

Y por fin Palmira, la bella ciudad del desierto en la que reinó Zenobia (sobre el 267) dibujando contra el cielo sus columnas, sus avenidas cargadas de historia, sus templos semidestruidos y toda la grandeza que puede dar el haber sido cruce de caminos en la ruta de la seda y las caravanas. Recórrela: gratísimo pues la majestuosidad de sus restos invitan a pensar en los siglos que nos contemplan. Nuestro ánimo quedó pleno de sensaciones y disfrutamos recorriendo sus piedras y oyendo los datos que se nos ofrecían. Comimos en una jaima que geminó de relajar nuestro estado de ánimo, cansado por los madrugones.


Pero Siria no sólo ofrece la anterior maravilla, sino que tiene una gran sorpresa para sus visitantes, la amabilidad de sus gentes, las comidas especiadas y de variada calidad, los riquísimos dulces que a base de miel y frutos secos, hacían las delicias de nuestro paladar.

Nuestra estancia de momento da fin y pasamos a visitar la cercana Jordania. Nos dijimos primeramente a Hueras, una enorme ciudad romana cuyos restos están al lado de la ciudad nueva separados por una carretera. El arco de triunfo está siendo restaurado de ahí que los andamios impedían hacerle fotos. La calzada que la atraviesa de norte a sur, es solemne e imponente, las columnas de templos, fuentes y casas se suceden y permiten disfrutar de su enorme conjunto. Su plaza circular de proporciones asombrosas, nos indica claramente la importancia de Hueras, ya en la época de Alejandro Magno (322 a.C.). Hay un recinto para los senadores muy bien conservado, un anfiteatro en bastante buen estado y escaleras a miles que subían a los templos más importantes. Hueras descubierta hace veinte años para todos nosotros, gracias a la arena que la preservó. Ahora ya es una joya arqueológica para siempre.
El gran mosaico bastante bien conservado que se puede ver en Madaba, causa asombro por lo veraz que es la situación de las distintas ciudades conocidas en aquél entonces y la importancia de cada una de ellas, hasta llegar a Jerusalén, que está perfectamente trazada. Desde allí fuimos al monte Nebo, lugar sagrado donde el Señor le enseñó a Moisés la tierra prometida con una larga visión de todas aquellas tierras de un lado y otro del Jordán.

A parte de comentar las visitas, debemos decir la gran diversidad de paisajes que vimos, tanto en Siria como en Jordania. Tierras áridas, resecas, en las que los olivos, frutales, de todo tipo comparten espacio. Es francamente bonito haber visto estos contrastes.

Petra, la enigmática, la escondida, la apenas conocida con sus majestuosos desfiladero de paredes colosales que empequeñecen al visitante. Los altares con los dioses protectores y los diferentes colores de la piedra. El gran edificio excavado y labrado en la misma piedra (El Tesoro) que recibe al que llega hasta él y da entrada a lo que en adelante vamos a encontrar. Las tumbas que jalonan todo el recorrido hasta dar paso a la fantástica pared de las Tumbas Reales, llenas de relieves y jaspeadas piedras a las que se desciende por 180 escalones. Los restos de las edificaciones romanas y el largo camino mirando a la derecha e izquierda que nos hizo comprender la grandeza de los Nabateos que hace 2.000 años dominaron el paso de las caravanas y preservaron sus costumbres y la ciudad de influencias ajenas.

La visión de todo esto causa en uno, una serie de sentimientos de admiración ante tanta belleza. Personalmente me sentí completamente llena de belleza, asombro y placer.

Después de una noche de descanso relajante en un hotel, rodeados de tranquilidad y silencio, abordamos nuestro siguiente destino: Wadi-Rum. Cuando a uno le hablan del desierto, piensa en grandes extensiones de arena en movimiento, aires repletos de partículas en suspensión y algún que otro beduino perdido con sus rebaños. Pues ya ven, Wadi-Rum es algo especial: formaciones rocosas de granito, arenisca y caolinas cinceladas por el aire con unas formas que en ocasiones simulan la mano del hombre, pues en ellas se ven: órganos, frisos, columnas..., etc. Dunas de color rojo y de altura inimaginable, se contraponían a estrechos desfiladeros en los que las pocas veces que llueve, el agua rueda detenida.

En los lugares que paramos a contemplar el panorama, tímidas plantas trataban de sobrevivir en lo que antiguamente era un manantial, hoy día agotado.

Todo esto se puede visitar en unos jeeps abiertos que permitían disfrutar ampliamente de la panorámica de una belleza total. En unos lugares ya designados, había jaimas en las que se ofrecía té, charlabas con los demás y se intercambiaban asombros.

Pasamos una mañana-tarde completa a orillas del Mar Muerto, nos bañamos, disfrutamos de sus lodos, nos relajamos en unas tumbonas, hicimos nuestra piscina de agua corriente y comimos allí, en un hermoso complejo turístico en vías de expansión. De lejos pudimos apreciar las montañas de Palestina e Israel que lo circundan por otro lado. Resultó muy relajado este tiempo.

Amam, capital de Jordania, sin ser nada especial, nos gustó. Toda ella es de color blanco, unificado por la utilización de piedra de este color, está actualmente edificada sobre 16 colinas (en sus inicios eran 6). Muchísimas calles tienen enormes desniveles que se salvan con unas larguísimas escaleras que suplen las calles. Dan una sensación de abigarramiento tremendo. La nueva zona residencial está llena de chales enormes. Aún hay zonas verdes sembradas entre calles ya urbanizadas y rebaños pastando.

Visitamos la ciudad de Bosra (volviendo a Siria) con su fortaleza y extensas ruinas romanas, aún sin desarrollar y clasificar. Son magníficas y volvió a sorprendernos en este viaje cargado de historia.

Malula, pequeña ciudad en la que se habla el arameo como en los tiempos de Cristo. Synaya, nos ofreció un pequeño monasterio muy bonito y así nos fuimos acercando a Damasco, donde dimos por finalizado nuestro viaje con cena, música y danzas de forma multitudinaria. ¡Un viaje inolvidable y magnífico!